Me escondo tras un velo temple, sollozando las quimeras de una altanera extrovertida soledad.
Aquí los alacranes no se agitan en mis omóplatos, ni parpadean jadeantes mis uniformes figuras.
Y es que cuando los arboles cumplen su cometido contra el sol, los tatuajes del olvido, son, en su grandeza de ser, un espectáculo acariciando los ojos con su tinta elaborada en un recipiente de indiferencia.
Las ramas, que a contra luz se funden en las limitaciones exuberantes, claudicadas por susurros que hacen girar el plano de este espacio tan lejano a la última estrella en el firmamento nocturno de una noche anterior.
Es necesaria la interrupción del humo, porque de él es el aire, y estas nauseas corrompidas por el eco. A mí que me hable el sol de melodía, que a estas horas mi cuerpo llora el sueño y yo suplico que llegue la noche con su doliente abrazo, siluetas que danzan en las paredes pregonando historias al menos un poquito más entretenidas que estas manadas vampiras, aburridas y sin sabor.
