El sol se ha convertido en parte de la daga que me troza la espalda.
Trato de aparcar a un lado de la cama la fatiga para hacer nudos de mis ligamentos,
los alineo sobre el suelo. Ahora son parte de las estructuras.
Me duele cada cerámica, cada grieta que la humedad ha ensanchado.
Hay una luminosidad tenue que permite moverme ágilmente hasta la cocina
para prepararme pan con mantequilla, y una taza de café.
Olvido donde escondí el coñac.
Afuera, a través de la ventana, aparece el transito concurrido de las personas
[Hormigas. Soldados de sociedad siguiendo el régimen de vida]
No apeteceré jamás la decoración a paso veloz de un insecto,
migajas que se recolectan para alguien más.
Sal, vive.
La soledad es un privilegio que en estos tiempos no se puede rechazar.
La casa está en otro espacio donde suceden todos los tiempos.
Te paseas desnuda decorando el beige de las paredes cercenadas de cuadros,
mi madre prepara la comida y el aroma se cuela por los sillones
que permanecen intactos. Mi padre nunca aparece.
Hay juguetes suspendidos en el aire, girando a contra reloj.
Mientras embelleces cada rincón con tus porciones, te veo discutir del otro lado,
en la habitación repleta de nuestros artículos.
Gritas. Lloras. Cuando al instante ya estas parada junto a mi pidiendo hacerte el amor.
Recuerdo el faltante de tortillas de maíz en el refrigerador, entonces abro la puerta
dando un paso a la calle. La casa se desploma dejando sólo una vivienda acudida por el polvo.
No hay madre. No estás tú. Mi padre no me da esperanza de volverlo a ver.
Los juguetes no tienen vida, se hunden en el fango que ahora las grietas han convertido gracias a la humedad.
Sólo hay un tiempo.
El de jamás.

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