Hay algo que distingue la persona que es mi padre, de mí: [El terror]
Y es que es justo ese encuadre que nos
mantiene a sólo centímetros de ser iguales.
La tarde había pasado sin ningún aviso. Mi
padre también lo hizo cuando llego con sus gafas características, acentuando su
rostro de villano temible. No hizo un pequeño gesto de saludo, se propuso a
enfriar las caguamas que a tientas se observaban cargadas de turismo. Yo
con la certeza de que hablar es redundar la misma herida, cambie de canal como
si el televisor fuera el follaje impreciso de una puta.
Si definiera la vida compartida con él.
Podría decir que somos el cien completo [Cincuenta mal, cincuenta casi bien] Y
es que no es tan grato tener el mismo carácter. Pensar tantas veces la misma
vez.
Antes
que su hijo, soy su hijo. Y antes que mi padre, es mi amigo. Algo falló cuando
me agregaron la sensibilidad de la familia.
Era un día de carbón apaciguado. No era la
partida de mi madre. Ni el incesante abandono de mi huerto. Era la casa. Olía a
pérdida. Pronto me incorpore al suelo, y sustraje del fondo de la cama un par
de sandalias viejas que mi madre me regalo. Él no estaba a la vista, al parecer
quería posar como todo mexicano fuera de su hogar con la música folclórica del
automóvil, y paseándose el refrescante vaso lleno de cheve.
Fui hasta al patio para tomar el recogedor
y la escoba [Habría pensado como cada momento anterior "Ya estoy hasta la
chingada de alzar"] pero no lo hice, fue espontaneo. Por cierto que
“alzar” a mis amigos resulta cómico; ¡Palabra viejita!- así le dicen ellos.
Pero yo crecí siendo abuelo, y ahora siendo abuelo, ni el día del padre se me
da.
Comencé a sacudir la cama de su
habitación, regularmente me pasa que las noches son más cómodas en ese cuarto
[nunca está en casa, así que es fácil tener prioridad de confort] Por
momentos esfume el pensamiento al barrer unas cuantas cucarachas muertas que
habían fallecido gracias al veneno industrial, que él, orgullosamente compro
para mitigar esa plaga. De pronto mi padre tomo un trozo de playera que
tanto sobra en cada rincón de esta propiedad. Limpiaba la mesa, el mueble de la
televisión, la barra de la cocina...y en conjunto nos turnábamos para fumar
uno, y el otro echarse ese vaso de litro lleno de cheve fresca.
No había un sólo ruido. salvo el chillido
de los trapos palparse contra las maderas. Estaba cesada la melodía mexicana, y
el domingo era un pretexto de religión para la mayoría de los vecinos,
disfrutarse una buena siesta.
Cada rincón limpio, era cada error pagado
[Como si amistáramos los muebles con el corazón] Nos perdonábamos la
culpa, y la soledad era un pintor efectuando su obra maestra en el mejor de los
escenarios. Algo bonito pues.
Limpiábamos nuestro interior. Las paredes
de la casa han sido testigos de las peores batallas. Pero el propósito no era
el olvido: sino acariciar las llagas.
No lo pensé así en ese momento, era
como un niño a sabiendas de que meter la mano a la estufa, puede ser
peligroso. Era impulso. Instinto de sobrevivencia.
Al finalizar el lenguaje de la limpidez,
ya no había silenciosas dagas de marchito con el polvo.
Había trastos menos de cuales preocuparse.

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