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octubre 07, 2011

El lenguaje de la limpidez




Hay algo que distingue la persona que es mi padre, de mí: [El terror]
Y es que es justo ese encuadre que nos mantiene a sólo centímetros de ser iguales.

La tarde había pasado sin ningún aviso. Mi padre también lo hizo cuando llego con sus gafas características, acentuando su rostro de villano temible. No hizo un pequeño gesto de saludo, se propuso a enfriar las caguamas que a tientas se observaban cargadas de turismo. Yo con la certeza de que hablar es redundar la misma herida, cambie de canal como si el televisor fuera el follaje impreciso de una puta.

Si definiera la vida compartida con él. Podría decir que somos el cien completo [Cincuenta mal, cincuenta casi bien] Y es que no es tan grato tener el mismo carácter. Pensar tantas veces la misma vez.                                                                                                                                                                     Antes que su hijo, soy su hijo. Y antes que mi padre, es mi amigo. Algo falló cuando me agregaron la sensibilidad de la familia.

Era un día de carbón apaciguado. No era la partida de mi madre. Ni el incesante abandono de mi huerto. Era la casa. Olía a pérdida. Pronto me incorpore al suelo, y sustraje del fondo de la cama un par de sandalias viejas que mi madre me regalo. Él no estaba a la vista, al parecer quería posar como todo mexicano fuera de su hogar con la música folclórica del automóvil, y paseándose el refrescante vaso lleno de cheve.
Fui hasta al patio para tomar el recogedor y la escoba [Habría pensado como cada momento anterior "Ya estoy hasta la chingada de alzar"] pero no lo hice, fue espontaneo. Por cierto que “alzar” a mis amigos resulta cómico; ¡Palabra viejita!- así le dicen ellos. Pero yo crecí siendo abuelo, y ahora siendo abuelo, ni el día del padre se me da.
Comencé a sacudir la cama de su habitación, regularmente me pasa que las noches son más cómodas en ese cuarto [nunca está en casa, así que es fácil tener prioridad de confort] Por momentos esfume el pensamiento al barrer unas cuantas cucarachas muertas que habían fallecido gracias al veneno industrial, que él, orgullosamente compro para mitigar esa plaga. De pronto mi padre tomo un trozo de playera que tanto sobra en cada rincón de esta propiedad. Limpiaba la mesa, el mueble de la televisión, la barra de la cocina...y en conjunto nos turnábamos para fumar uno, y el otro echarse ese vaso de litro lleno de cheve fresca.
No había un sólo ruido. salvo el chillido de los trapos palparse contra las maderas. Estaba cesada la melodía mexicana, y el domingo era un pretexto de religión para la mayoría de los vecinos, disfrutarse una buena siesta.
Cada rincón limpio, era cada error pagado [Como si amistáramos los muebles con el corazón] Nos perdonábamos la culpa, y la soledad era un pintor efectuando su obra maestra en el mejor de los escenarios. Algo bonito pues.
Limpiábamos nuestro interior. Las paredes de la casa han sido testigos de las peores batallas. Pero el propósito no era el olvido: sino acariciar las llagas.        No lo pensé así en ese momento, era como un niño a sabiendas de que meter la mano a la estufa,  puede ser peligroso. Era impulso. Instinto de sobrevivencia.
Al finalizar el lenguaje de la limpidez, ya no había silenciosas dagas de marchito con el polvo.
Había trastos menos de cuales preocuparse.