Mientras andas el camino repleto de arboles, alguien observa
el arroyo.
Una niña salpica las piedras, y el búho gris comienza a
cantar.
El sol repliega sus
últimos suspiros tras la montaña, los huecos de las nubes dejan entrever
la estela de luz que
emite una pequeña estrella al noroeste de tu hombro izquierdo.
Todos suceden ante ti, pero él no se mueve, no suspira.
Se queda allí, viendo tu cuerpo veloz tragarse el mundo, como
si un punto intermitente justo en medio de tus omóplatos fuera fundiéndose con
la distancia.
El mapa del desprecio hirviendo en la calle.
